52 semanas · #11


Primero está salado y seco.
Era de esperar, porque es lo que define a lo que estoy comiendo, pero quizás es un poco demasiado salado.
Sin embargo, y de nuevo, es su esencia, ¿no es cierto? No tiene un aroma que embriage mis fosas nasales o una presentación exhuberante. En ese sentido, se parece a mí. Sencillo pero sabroso.
Qué comparación más poco acertada. No soy un pescado. Y aunque lo fuera, no sería este pescado. Sería más bien un salmón o una trucha, o una lubina o dorada en alta mar. No un bacalao.
En el instante en que pruebo el tomate, algo se vuelve desagradable.
¿Es el tomate? No, ¿cómo va a ser el tomate? El tomate es fácilmente lo mejor del plato. Es algo más. ¿El pulpo que lo acompaña? No, ya he comprobado antes que estaba hecho a la plancha y que había perdido la mayor parte de la elasticidad que me gusta de él. Dioses míos, ¿qué ha pasado? Sigo comiendo, ahora con una lentitud casi exasperante. No tengo más hambre. El trozo de balacao me mira ofendido. ¿Y yo qué le hago, señor bacalao? No eres tú, soy yo. No te eches a llorar.
Solo cuando le doy un descanso para beber de mi vaso casi mortalmente vacío me doy cuenta de lo que falla.

Hace exactamente diez minutos, antes de las dos de la tarde, en el restaurante estaba sonando Guns n' Roses. Me acuerdo perfectamente porque he estado a punto de cantar inconscientemente mientras acababa el primero. Después han puesto la radio (principal de Andalucía, canal fiesta radio). Y ahora está sonando una maravillosa selección de reguetton por obra y gracia del dueño del restaurante.
No, bacalao. No eres tú ni no. Es el "demasiado piki piki piki", sus connotaciones machitas y la apología del acoso, muchísimo más propio de una noche de fiesta —si cabe— que de un restaurante donde hay que reservar con dos días de antelación el que me ha quitado las ganas de comer.
Ahora suena la canción del taxi y yo emito un gruñido lastimero y me masajeo la frente.
Por lo menos me trasladan a mi viaje de estudios, donde me aprendí una buena cantidad de ellas en los largos trayectos del bus. Por lo menos puedo dejar que mi mente salte a los paisajes que las acompañaban la última vez que las escuché.

A quién pretendo engañar. Lo único que sé es que quiero con usted. No, mierda. Lo único que sé es que quiero salir de aquí lo antes posible.

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